Escríbeme un WhatsApp

Es difícil saber cuál es el momento idóneo para tener un móvil. Pero es que además, hoy en día, lo que nos piden nuestros hijos no es un móvil con el que llamar en caso de que ocurra una emergencia, sino un Smartphone con el que tienen acceso a miles de cosas, lo que aumenta la dificultad de la decisión. Por eso, una vez que lo hayamos decidido, debemos enseñarles a hacer un buen uso de todas las aplicaciones que se descarguen.

Por ejemplo, el WhatsApp (Viber, Line, etc.) es una de las aplicaciones más utilizadas para chatear. Pueden estar en contacto constante con todos sus contactos: hablar, enviar imágenes, vídeos… Que se pueden quedar ellos para siempre.

Está claro que conocemos a las personas a las que vamos a enviar fotos nuestras, pero, sin quererlo, una foto puede dar muchas vueltas y puede acabar siendo utilizada para algo que el adolescente no imaginaba cuando envió esa fotografía o la puso de perfil. Por eso, tenemos que enseñarles a elegir bien la información que se da porque queda escrito, lo que tiene ventajas e inconvenientes:

  • Ventajas: el contenido es más meditado y trabajado: hemos tenido que buscar el chat de la persona, se piensa qué decir, se escribe, se envía…
  • Inconvenientes: la información es tangible y verificable, todo lo escrito queda ahí hasta que alguien elimine el chat. Además, todo el proceso de escribirlo lleva un mayor consumo de tiempo que decirlo cara a cara y no tienes las reacciones del otro como retroalimentación para la conversación. Para combatir la falta de comunicación no verbal, se pueden utilizar los distintos emoticones (los dibujos que imitan expresiones faciales con signos escritos), pero no siempre las palabras tienen el mismo efecto, porque hay una parte en nuestra lectura que parte de la interpretación (el tono que le queramos poner, por ejemplo).

Por eso, aunque parezca una enorme ventaja contar con estas aplicaciones para mantener el contacto con las personas de nuestro círculo de amigos, no hay que eliminar la importancia de los encuentros cara a cara. Debemos inculcar a nuestros hijos (¡y aprender nosotros!) que en ningún momento las redes sociales son un sustituto para las amistades y relaciones “en directo”, que deben seguir buscando el momento para estar con ellos y disfrutar de su compañía.

Escríbeme un WhatsApp (Principito)Para ello, como con todo, el ejemplo que les demos es la mejor arma, y nuestros hijos tienen que ver que nosotros seguimos prefiriendo llamar a un amigo o familiar que vive lejos de vez en cuando para mantener el contacto (aunque también utilicemos los chats para contarnos otras cosas); podemos poner normas de “no móvil” cuando se está en reuniones familiares o cuando estamos con amigos, porque el tiempo que nos estamos dedicando mutuamente será más rico si todos estamos pendientes de la conversación y no del pitido del teléfono; podemos decirles que nos manden un WhatsApp si van a llegar tarde a casa, pero si tenemos que hablar con ellos sobre ello lo haremos en persona cuando llegue a casa.

En definitiva, tenemos que enseñarles a valorar las cosas buenas de la inmediatez de Internet en nuestro bolsillo, pero también a valorar una conversación cara a cara.

Negociando con nuestro hijo adolescente

El arte de la negociación es un recurso imprescindible con hijos adolescentes.

Quien tiene hijos con edades comprendidas entre los 12 y 18 años, sabe que continuamente tenemos que llegar a acuerdos con ellos para conseguir que realicen las tareas cotidianas del día a día. Negociar se convierte en esencial para establecer reglas o límites con la comunicación como herramienta fundamental.

La negociación, por definición, exige concesiones de ambas partes, padres e hijo deben escucharse, respetarse y expresar sus intereses, pero sobre todo estar dispuestos a comprometerse con lo negociado. En ocasiones pensamos que son los adolescentes los que deben amoldarse a nuestra forma de vivir, a nuestros requisitos o exigencias y olvidamos que empiezan a ser individuos independientes de nosotros que tienen necesidades propias.

Debe quedar claro que la autoridad sigue siendo de los padres, al igual las cuestiones innegociables. Sin embargo, las reglas deben modificarse en función de la edad de los hijos, deben ir siendo más flexibles y las concesiones cada vez mayores. De esta manera, el adolescente siente que los padres también ceden, que es escuchad y, que es comprendido.

Es mediante una comunicación activa y constante, como conseguimos que la negociación tenga éxito, pero no debemos olvidar las bases de la negociación para la resolución de conflictos:

  • Los padres deben expresar de forma clara qué reglas son innegociables. Esto sigue siendo fundamental para dar la autoridad a quien le pertenece y para que no haya dificultad a la hora de entender lo que es la negociación. Sigue habiendo límites.

  • Las normas a negociar deben ser realistas, posibles de cumplir, claras y consistentes. Deben basarse en conductas concretas en las que se especifiquen todos los datos posibles: la frecuencia, la duración, el lugar a realizarla…

  • Escuchar las alegaciones de los hijos, empatizar con ellos por el malestar ante la norma, aceptar sus sentimientos.

  • Sugerir un acuerdo para realizar esa tarea a negociar en el que haya acto y consecuencia.

  • Que ambas partes acepten el compromiso del acuerdo. Podemos poner  el acuerdo por escrito, ya que la posibilidad de leerlo y se firmarlo ayuda a sentir como válido el acuerdo, a respetar la decisión tomada y a cumplir la tarea negociada.

  • Que ambas partes sean consecuentes con las conductas y las consecuencias que se han negociado, sin excusas. La firmeza de las normas y las consecuencias es uno de los pilares básicos de la negociación.

Con la negociación ayudamos a nuestros hijos en su desarrollo social, les damos las herramientas para comprender y manejar su propia agresividad, para aumentar la tolerancia a la frustración, para aumentar su empatía con respecto a los otros y para salir del egocentrismo en el que están inmersos por ser adolescentes, para poner en práctica la comunicación activa y asertiva con los demás.

No debemos olvidar que la última finalidad de la educación es que los hijos sean autónomos e independientes del núcleo familiar, por eso, debemos esforzarnos en permitir que nuestros hijos crezcan y ayudarles a ello, aunque a veces duela.