¿Cómo separarme de mi bebé sin angustia?

 

Normalmente a los 8 meses aproximadamente, nuestros hijos sufren uno de los miedos más importantes y significativos para ellos, el miedo a separarse de su figura de apego.

A esta edad, aproximadamente, comienzan a reconocer caras conocidas , y por tanto a extrañar a las personas menos habituales de su entorno. De manera que cuando desaparece esa persona que les cuida, normalmente la madre, sienten un gran miedo. Este miedo se debe a nuestro instinto de supervivencia, ya que es nuestra madre la que nos alimenta y nos aporta el amor necesario para seguir viviendo.

Los tiempos para nuestros hijos son muy diferentes, el concepto temporal va cambiando con el tiempo. Y lo que para nosotros son unas horas para ellos es una eternidad. Por eso debemos ser comprensivos con sus reacciones y prevenirlas lo mejor posible.

Los pequeños, suelen reaccionar de la siguiente manera:

-          Cuando su madre no está: lloran desconsoladamente, succionan más de lo habitual, buscan la atención inmediata, busqueda de la madre constantemente.

-          Cuando su madre sí está: lloran, se despiertan más a menudo, buscan el contacto visual, mayor necesidad de tomar pecho (si hay lactancia materna), siguen a la madre con la mirada, quieren estar en sus brazos constantemente.

Las mamás también tienen sus reacciones, los sentimientos más habituales son:

-          Culpabilidad, especialmente cuando está separada de su bebé.

-          Preocupación porque el cuidador sea capaz de realizar las tareas necesarias.

-          En ocasiones, también se sienten agobiadas cuando están con el bebé por esa dependencia constante del peque hacia ellas.

Aquí te dejamos algunas pautas para ayudaros a ambos a superar esta separación:

-          Si tienes previsto ausentarte largas horas, por ejemplo por la incorporación al trabajo, trata de pasar algunos días previos con el cuidador sustituto, para que tu hijo vaya poco a poco incorporándole junto a ti.

-          Elige a alguien de tu confianza, que sepas que va a querer y cuidar al bebé. Que te haga sentir tranquila con la decisión.

-          Acostúmbrate a contarle siempre lo que vas a hacer, es decir, aunque sólo vayamos a la cocina, o le dejemos jugando en el salón, si le decimos qué vamos a hacer y cuándo vamos a volver, le ayudará a organizarse en el tiempo y a acostumbrarse a los espacios sin ti.

-          Comunica de antemano al bebé, tenga la edad que tenga, que te vas a ir. Es mejor que te despidas y que le digas cuánto tiempo vas a estar fuera.

-          No mentirle, a veces sufren más por la mentira que les contamos que por la separación. Es cierto que a veces nos resulta más cómodo irnos sin avisar, o decirle que vamos al baño…. Y aunque es verdad que evitamos la expresión de malestar en el momento, provocamos un enfado mayor después y sobretodo una gran desconfianza para las futuras ocasiones.

-          Despídete de forma rápida, no hagas que la despedida sea angustiosa y duradera, cuanto menos tiempo y menos apegada sea mejor. Es decir, si ya anda puede llegar al centro andando o si tiene que ir en brazos hacer el traslado de brazos a brazos de forma rápida.

-          Si la ausencia es de varios días, puedes llamarle por teléfono para charlar con él, contarle cuánto queda de separación y que oiga tu voz.

-          Dile “hola” al llegar de forma inmediata, que sienta que él es lo que más has echado de menos durante la ausencia. ¿Cómo nos sentiríamos nosotros si nuestra pareja, después de un largo viaje tarda en saludarte?

-          Debemos entender que la separación es una frustración necesaria para el desarrollo psíquico de nuestros hijos. Es una de las primeras situaciones en las nos vemos privados de algo que queremos, y debemos entenderlo como un aprendizaje fundamental para la vida futura que nos privará de muchas cosas más.

-          No ridiculizar ni desvalorizar las reacciones ni los sentimientos de nuestros hijos en ningún entorno.

-          Ayudar a tu hijo a comprender el concepto abstracto de estar y no estar, aunque se sigue estando y se sigue existiendo, por ejemplo con los siguientes juegos:

  • CUCU-TRAS: Nos escondemos el rostro tras las manos mientras nos ve el resto de nuestro cuerpo.
  • ESCONDITE: Podemos ayudarle a buscar a otras personas conocidas o incluso a él mismo /  nosotros mismos.
  • HABLARLE DESDE OTRA HABITACIÓN: Le podemos contar, hablar cantar, desde lejos para que nos oiga y comprenda que estamos aunque no pueda vernos.

No olvidemos que las lágrimas son la única manera que tiene de decirte que te ha echado de menos, que te quiere. No te preocupes, acoge ese sentimiento y dile que tú también le has echado de menos, de esa manera, poco a poco se irá acostumbrando a no tenerte físicamente, pero sí a poder expresarte sus frustraciones cuando lo necesite, porque en realidad siempre estás ahí.

Y recuerda que la separación es dura para todos.

 

La nevera: medidor de culpa

Nevera“Si abro la nevera y está llena, significa que esta semana he sido buena madre, pero mala profesional. Si está vacía, he sido buena profesional, pero mala madre”

La nevera se convierte en un medidor de la culpa…

 La culpa extrema por no estar haciendo las cosas bien con los hijos, invade de forma masiva a la mujer de hoy, y a la vez, la exigencia por estar a la altura que la sociedad le marca, en el trabajo, en la dedicación a sí misma… es constante.

En la actualidad, la mala madre, está más relacionado con ampliar el número de roles que le quitan tiempo para esa entrega y ese sacrificio, que por hacer cosas mal.

El hecho de que las mujeres se sientan, por lo general, más culpables que los hombres se debe fundamentalmente a cuestiones culturales.

De las madres se espera la capacidad de cuidado por instinto, la entrega incondicional, la capacidad de amor indefinida, apoyo emocional constante a los hijos… pero no hay que confundir la idealización con la realidad, las madres son seres humanos, se equivocan, desean, se angustian, se estresan….

El estar constantemente para los otros, provoca malestar. Pero expresar ese malestar, implicaría ser “malas madres, malas mujeres”. El malestar no desaparece y termina volcándose contra ellas en forma de culpa.

Al construir una familia y aumentar las responsabilidades, la identidad de la mujer queda transformada inevitablemente, manteniendo una identidad múltiple (que van desde el trabajo a la casa, pasando por los hijos y la pareja, sin poder evitarlo).

La realidad nos impone un ritmo, pero la sociedad y sus instituciones mantienen ese estado de continua ambivalencia en el que nos pide pero no nos facilita compatibilizar la familia y el trabajo.

En definitiva las madres de hoy, parece que decidan lo que decidan, siempre pierden. Tanto si deciden dedicarse a sus hijos, como si dan importancia a su parcela más social.

Debemos ser nosotras las que nos sentemos un momento a reflexionar, y nos demos tiempo a aprender a compaginar todas las facetas de nuestra vida y nuestras prioridades.

No debemos olvidar que el sentimiento de culpa que verdaderamente se ajusta a la realidad, es positivo, (el que surge cuando hemos infligido algún tipo de daño a otra persona), pues significa que tenemos sensibilidad interpersonal, que nos preocupamos por las consecuencias de nuestras acciones en los demás, que no eludimos la responsabilidad por las mismas.

Sin embargo, cuando la culpa es irracional y desmedida, supone sufrimiento inútil y paralizador. Es negativa y poco funcional. No nos ayuda.

Dedícate un momento y piensa: ¿Qué tipo de culpa es la que tengo en este momento?