Bruxismo infantil

El bruxismo es el hábito de apretar y rechinar los dientes. Aparece típicamente por la noche, aunque hay niños que lo presentan durante el día.

Suele comenzar entre los 4 y los 10 años, en el periodo que coincide con la caída de los dientes de leche y la salida de los definitivos. Tiende a desaparecer con el tiempo, aunque algunas personas lo padecen en la edad adulta.

El niño no es consciente de que rechina los dientes y no suele despertarse. Este fenómeno tiene lugar en los primeros momentos del sueño y cesa cuando éste es más profundo.

Si es frecuente e intenso produce un desgaste importante en los dientes,  cefaleas, dolor en la articulación témporo-mandibular y somnolencia durante el día.

Las causas del bruxismo no están del todo definidas pero parece ser que el factor predisponente más frecuente es el contacto anómalo entre dientes de la arcada superior e inferior y los factores desencadenantes son estrés, el tipo de dentadura y la posición durante el sueño.

¿Qué podemos hacer si observamos que nuestro hijo aprieta o rechina los dientes?

  • Acudid al odontólogo para que valore el desgaste, si hay factores anatómicos alterados y el mejor tratamiento desde su especialidad (férulas de descarga, ortondoncia…)
  • Poneros en su lugar para poder valorar los cambios que se están dando en la vida del niño (mudanza, comienzo de colegio, separación de los padres, muerte de algún familiar, nacimiento de un nuevo herman@…) y que puedan suponer un aumento del estrés cotidiano. Los niños no tienen tantos recursos como un adulto y ésta puede ser una de las muchas maneras que tienen para expresar malestar, tensión y hostilidad.
  • Si averiguáis el origen de la ansiedad, tratad de manejarlo en casa. En caso contrario, consultad a un profesional de la psicología para que ponga en marcha el tratamiento adecuado.
  • Algunos hábitos que les pueden ayudar:
    • Evitar que coman alimentos estimulantes (chocolate, bebidas azucaradas o comidas rápidas) antes de acostarse.
    • Procurar un ambiente tranquilo antes de dormir, evitando que se vayan tristes o enfadados a la cama.
    • Practicar algún deporte, dar paseos al aire libre… durante el día, eliminando la actividad extenuante antes de ir a la cama. 
    • Instaurar rutinas agradables y relajantes antes de dormir (leer un cuento, escuchar música relajante, un baño, masajes…) que le ayudará a estar tranquilo y que pueda descansar mejor. 

 

Aprendiendo a ver la televisión en familia.

Vivimos en un momento en el que la televisión forma parte de nuestra familia. Sin embargo, pocas veces compartimos con nuestros hijos el hecho de ver la tele.

La televisión es un buen trampolín para entender y conocer otras realidades distintas a la nuestra. Pero dependiendo de la edad de los niños, no siempre saben distinguir entre la realidad y la realidad televisiva. Nosotros como adultos debemos acompañarles en esta tarea.

Enseñarles a ver la tele es tan importante como enseñarles a comer, a dormir o a jugar, pues forma parte de una rutina diaria que debemos trabajar cada día.

Os damos algunas claves para hacerlo:

* Incúlcales la elección de ver un programa, no cualquier cosa.

* Ofrece los tiempos adecuados para la edad de tu hijo. En ningún caso superarán las 2 horas al día.

* Es conveniente tener un espacio preestablecido para la televisión (al llegar del cole, un poco antes de cenar, después de hacer los deberes…). Podrás hacer de ese momento un rato familiar (eligiendo en común la película que más os apetece).

* Trata de que la televisión no esté incluida en otras rutinas sino que sea independiente. Es decir, procura que no esté puesta mientras está jugando a otra cosa o para que coma mejor. Es un juego independiente que ofrece una estimulación visual y auditiva estupenda si se sabe utilizar bien.

* Asegúrate de la edad a la que están dirigidos esos dibujos. Aunque parezcan inofensivos, quizá no sean adecuados para el momento evolutivo y la madurez de tu hijo. Te sorprenderá ver como en ocasiones no ha entendido el contenido de lo que ha visto, simplemente lo ha visto y quizá no estaba preparado para comprenderlo. Te darás cuenta de ello fácilmente si ves la tele a su lado. Aprovecha para ayudarle a comprender, hablando de lo que habéis visto juntos.

* Utiliza la televisión como excusa para introducir ciertos temas. Seguro que tus hijos ven algo que les parece nuevo (con respecto a la pareja, los amigos, las familias, la agresividad, …). Puedes preguntarle por su opinión, debatir al respecto si su edad lo permite o compartir la misma opinión, traerlo a la realidad que vivís (pues a un amigo mío le pasó eso…). La televisión también te ayudará a conocer cuáles son los temas más interesantes para tu hijo, puedes comprar un libro sobre ello, invitalé a dibujarlo en algún otro momento…

No permitas que la televisión dificulte la comunicación entre tu hijo y tú. En ocasiones, la tele, poco a poco, va reduciendo las necesidades de relacionarse con los demás. Esto se debe al hecho de que proporciona una falsa relación, con unos personajes desconocidos. Es por este motivo que el abuso de la televisión puede ser negativa para colectivos “interdependientes”, como son los niños o las personas mayores.

Pero sobretodo, recuerda que los niños necesitan de tus guías para comprender, elaborar e incorporar a su vida TODO lo que observan, escuchan, tocan y sienten. SIÉNTATE A SU LADO.

La vuelta al cole

Se acaban las vacaciones y llegan de nuevo las rutinas y los horarios. Nuestros hijos también sufren el síndrome postvacacional y tienen una época de mayor nerviosismo y ansiedad.

El reajuste supone un gran esfuerzo para ellos, pues se pasa de unos días de libertad, de ocio y diversión, a la responsabilidad, la rutina y el deber.

Se trata de un proceso natural de adaptación en el que podemos ayudar a nuestros hijos, pues no debemos olvidar que un buen comienzo es una de las claves para el éxito.

Aquí tenéis algunas pautas que podéis poner en práctica durante los días previos, para hacer a nuestros peques más fácil la vuelta al cole:
Recuérdale todo lo positivo que tiene la nueva etapa: Ver de nuevo a los amigos, libros nuevos, profesores nuevos, las extraescolares que tanto le gustan, más autonomía… Esto hace que no sienta el colegio como una carga y una pérdida de beneficios, sino que vea que también tiene su lado bueno.

Invítale a participar en la preparación escolar: que te acompañe a comprar el uniforme, los libros, que colabore en la limpieza de los materiales antiguos, forrar los libros… De esta manera despertaremos la curiosidad en nuestros hijos, y verá todo lo interesante que supone el nuevo curso.

Cambia los horarios paulatinamente: Algunos días antes, y poco a poco, ve levantando a tus hijos antes, prívales de la siesta que han estado disfrutando todo el verano y que se vayan a dormir en un horario menos flexible. Ve recuperando los horarios en las comidas, y sobretodo, los tiempo de ocio, que han de ir acortándose (la televisión, la videoconsola… deben poco a poco desaparecer). Esto hará que la entrada al colegio no provoque bruscamente un cambio en todas las rutinas.

Darles toda la información posible del primer día de clase: cómo se llama su profesora, con qué compañeros le ha tocado, dónde está su clase… Les ayudará a no sentir angustia con respecto a ese primer día.

Acompañarlo ese primer día de cole, para que se sientan protegidos ante los nuevos cambios.

Fijar el hábito de trabajo desde el principio: A pesar de que los primeros días no tendrá deberes, ya debemos dedicar un tiempo de concentración y hábito de estudio, para que sepan que el tiempo de vacaciones ha terminado.

Fomentar una buena comunicación con respecto al cambio, es decir, expresar nuestro propio “síndrome postvacacional” (siendo un buen ejemplo, con actitud positiva y afrontando la vuelta a la cotidianeidad) y por supuesto permitir que exprese sus sentimientos (temores, nervios…)

• Y, como siempre, fortalecer su autoestima: Necesitamos que nuestros hijos sepan cuánto les queremos en cada paso que dan. No olvides decirle lo orgullosos que estáis de que esté en un nuevo curso, de lo mucho que será capaz de aprender, transmitiéndole confianza y apoyo.

Este proceso dura aproximadamente una media de 2-3 semanas (será más largo para los más pequeños y más corto para los más mayores que ya conocen la dinámica). Pero no menospreciéis el trabajo de adaptación que tienen que hacer nuestros hijos. Sed pacientes y … disfrutad de que vuestros pequeños tengan nuevos retos “profesionales”.

La pirámide de los límites

En ocasiones pensamos que cuanto mayores sean nuestros hijos, más preocupaciones y por tanto, mayor será el número de límites que tendremos que ponerles.

Quizá os sorprenda saber que el número de límites y reglas es inversamente proporcional a número de años de nuestro hijo.

Es decir, los límites son mayores en número y más rígidos cuando nuestros hijos son pequeños, mientras que se irán haciendo más flexibles a medida que nuestros hijos crecen.

Lo difícil de esto es que, por lo general, las desobediencias de los hijos son mucho más angustiosas para nosotros según van siendo más mayores. El hecho de que nuestro hijo no comparta el cubo en el parque, que coma unos gusanitos justo antes de comer o simplemente que coja una rabieta en un comercio… no son situaciones de “peligro, amenaza o  preocupación”. Sin embargo, que no estudie, que quiera salir con sus amigos hasta las 12, que quiera fumar… Nos generan una gran PREOCUPACIÓN, una gran RESPONSABILIDAD, un gran MIEDO.

Es lógico que nos sintamos así, pero el objetivo de una familia es crear individuos independientes de la propia familia. Queremos que sean capaces de tener un trabajo, que tengan sus propios gustos, que elijan una pareja, o una forma de vivir en la que sean felices aunque no estemos nosotros a su lado.

Por ese motivo, la construcción de los límites debe ser piramidal. Es decir la cantidad de límites y de normas se construyen desde la infancia en forma de pirámide, entendiendo que la base es lo que sostiene y dará lugar a que nuestros hijos vayan eligiendo con criterio y autonomía, después de haber ido interiorizado todos nuestros valores a través de los límites y el afecto que les hemos ido dando como guías.

Poner límites con afecto, es el primer lenguaje de amor que tenemos con nuestros hijos. A mayor dependencia, mayor necesidad de contención, cuidado y protección, es decir, de límites.

Sin embargo, a medida que crecen, tendrán más necesidades individuales, mayor será nuestra negociación con ellos y más realistas tendremos que ser a la hora de ajustar esos límites.

Por eso no te sientas mal en prohibir ciertas cosas, en no tolerar otras y en no permitir que nuestros hijos siempre hagan lo que deseen, porque les estamos enseñando a interiorizar las reglas y las normas, a distinguir lo que está bien de lo que está mal, para que ellos puedan elegir correctamente el día de mañana.

La separación de la pareja

La separación de una pareja lleva implícito el cambio en la familia. Por ello debemos preparar a nuestros hijos para la nueva situación, tal y como lo haríamos ante un nuevo colegio o el nacimiento de un hermanito.

Actualmente el número de separaciones en las parejas ha aumentado. Los padres sienten la responsabilidad de cómo encajarán la noticia sus hijos y cómo reaccionarán ante el cambio. Sin embargo, las reacciones de los hijos estarán más relacionadas con las desavenencias entre los dos padres y con el papel que debe cumplir el niño como mediador entre ellos, que con el cambio real de las costumbres o rutinas diarias.

Por ese motivo, te damos unas pautas para ayudar a tu hijo y que ser “hijo de padres separados” influya lo menos posible en su desarrollo evolutivo y sea tan feliz como antes.

  • Debemos explicarle que la decisión de separarse es exclusivamente de la pareja. No tiene nada que ver con los hijos. No depende de que ellos se hayan portado mal, ni de nada que ellos hayan podido hacer.

  • Los padres se separan entre ellos, pero nunca se separan de los hijos. Ellos podrán seguir contando con ambos padres cuando lo necesiten y lo deseen. Lo ideal es que podáis incluir en las rutinas diarias o semanales la relación con ambos padres (que aunque no vivan con el padre, pueda ir a buscarle a fútbol los martes por la tarde y le lleve a casa).

  • Resaltar a los hijos que no sólo tienen el amor de los padres, también otras muchas personas les quieren (abuelos, tíos, profesores…)

  • A veces es bueno hacerles entender la separación con sus palabras. Por ejemplo, que papá y mamá ya no son “mejores amigos” aunque se siguen queriendo, tal y como tú haces con un compañero de colegio. Ese “quererse” debe ser real, es decir, podemos coincidir mínimamente o preguntarnos qué tal.

  • No olvidéis solucionar los puntos conflictivos de la pareja (dinero, nuevas parejas, repartición de bienes…) sin involucrar a los hijos.

  • Aunque tú creas que como pareja haya sido nefasta, para tu hijo es el único padre / madre que tiene. No trates de influir en su opinión ni de criticar su manera de hacer las cosas ante él. Habla de manera objetiva con respecto al otro para que el niño sienta respeto y aceptación.

  • No caigáis en la sobreprotección del hijo. Es un niño normal, y debe tener límites tal y como los tenía.

Las reacciones de los hijos, dependen en parte de la edad en la que suceda esta separación:

Cuanto más pequeños sean, menos comprensión y por tanto la manifestación del cambio y las reacciones son más inconscientes (dolores abdominales, retrocesos en procesos evolutivos como hacerse pis de nuevo, habar de forma infantil, miedo a la separación…). Pero también en esta edad hay más capacidad de adaptación y flexibilidad.

Cuanto más mayores sean, mayor cognición y búsqueda de explicaciones en las que aparecen los sentimientos de culpa. Hay reacciones más conscientes (lloran muy a menudo, negación y deseo de que los padres vuelvan a estar juntos, baja su rendimiento académico…). Pero también hay mayor sentimiento objetivo de mejora en la calidad de vida.

Pero sobretodo “estar disponibles para nuestros hijos”. Debemos saber que durante este proceso deben estar acompañados y deben sentir que pueden contar con nosotros para preguntar, para poder incluir en su discurso al padre que no está, para que se normalice la situación lo antes posible.

Sabemos que una separación es muy dura y que todo esto que te proponemos es muy difícil. La línea que separa el amor del odio es muy fina.Es importante encontrar espacios y lugares para expresar los sentimientos dejando fuera del campo de batalla a los niños.

Si estás en proceso de separarte… no olvides lo que debes poner en una balanza: a un lado el amor hacia tu hijo (que os une) y en el otro la rabia hacia tu expareja (que os desune). Qué pesa más?

Jugar a… relajarnos!

Los niños están en la edad del movimiento y la actividad desbordante. Se cansan cuando han estado jugando o han hecho deporte. El sueño, una buena alimentación y momentos de relajación aportan a su cuerpo los medios para recuperarse de esa “fatiga sana”.

 Lo primero que tenemos que entender es que estar relajado es sentirse agusto, estar tranquilo física y mentalmente.

 Lo siguiente a tener en cuenta son las variables que influyen para que los niños estén más inquietos:

  • El momento del día: están más excitados antes o durante la comida, a la vuelta del colegio, antes de acostarlos…. Observa a tu hijo y comprueba cuándo está más tranquilo y cuándo tiene mayor actividad.
  • Actitud del adulto: los movimientos, la cara y el tono de voz trasmiten nuestro estado de ánimo a los niños. Los gestos rápidos y bruscos, la cabeza firme y altiva, gritar, hablar rápido o pasar de un tono grave a un agudo les irrita. Los movimientos suaves y amplios, inclinar la cabeza hacia ellos mostrando disponibilidad, arrodillarse para estar a la altura de su rostro, permitirles que nos toquen, mirarles a los ojos, sonreírles y hablarles con calma les ayudará a tranquilizarse.
  • Alimentación: Es necesario que realicen un desayuno abundante y un tentempié a media mañana para que puedan rendir adecuadamente en el colegio. Una comida a mediodía tranquila junto con un tiempo de reposo, permitirán que la digestión se realice con facilidad y puedan reponerse de la fatiga de la mañana. En cuanto al tipo de alimentación debemos cuidar la cantidad de comida, el consumo de verduras, hortalizas y fruta frescas, la cantidad de líquidos y evitar el exceso de grasas y azúcar.
  • Sueño: Los niños, dependiendo de su edad, deben dormir entre nueve y catorce horas al día.
  • Sobreestimulación y ruidos: ver muchas horas la televisión les produce un exceso de estimulación visual, auditiva y mental.  Un nivel elevado y constante de ruidos a su alrededor les irrita. Para evitar ambas situaciones podemos proponerles otras distracciones (leer, pintar, juegos…) y controlar el nivel de voz, el sonido de la televisión o la música, los portazos…
  • Condiciones ambientales: el exceso de calefacción o el frío, una mala ventilación son factores que aumentan la fatiga y les impiden un descanso reparador.
  • La rutina: cuanta mayor sea la rutina, más tranquilos se sienten, pues son capaces de anticipar lo que les espera y por quién estarán acompañados.

 Os proponemos algunos juegos en función del momento del día que favorecen la calma:

  • Antes de comer:

           El burro enfermo: juego que se canta y se representa en el que tenemos que estar atentos para recordar todos los remedios que le da el médico al burro. Primero le contamos que tipo de animal es un burro y si nos es posible le enseñamos una foto. Cantamos y representamos junto con el niño la canción.  http://www.youtube.com/watch?v=YadZG_TkSe4                              

  • Acostarse/siesta:

           El sueño: En un entorno tranquilo y con la luz tenue. El niño irá con ropa cómoda y descalzo. Se tumbará sobre una alfombra o similar. Lo podemos hacer junto con el niño o bien ayudándolo con los movimientos. Al ritmo de la música:

  • Levanta un brazo lentamente y lo deja caer Luego el otro. Dos veces con cada uno.
  • Dobla una pierna deslizando el pie sobre el suelo y luego lo extiende. Dos veces con cada pierna.
  • Levanta lentamente la mano  manteniendo el antebrazo apoyado en el suelo y la baja. Cuatro veces con cada mano.
  • Endereza la punta del pie y ponla en la posición inicial. Dos veces con cada pie.
  • Mueve los dedos de una mano, luego la otra. Dos veces cada una.
  • Mueve los dedos de un pie, luego el otro. Dos veces cada uno.

 Os recomendamos por ejemplo: Saint Preux: El sueño. https://www.youtube.com/watch?v=DGyrwz1HiMw

  • Desplazamientos/espera:

           Este dedito…: Sentamos al niño en nuestras rodillas. Cogiéndole una de sus manos, le explicamos que sus dedos son un grupo de hermanos que tienen mucha hambre y que envían a uno de ellos para comprar un huevo.  Al mismo tiempo que le cantamos la canción, le masajeamos cada uno de sus dedos con movimientos de rotación entre nuestro índice y pulgar.

“Éste compró un huevo, éste hizo el fuego, éste echó sal, éste lo guisó y éste pícaro gordo se lo comió”. http://www.youtube.com/watch?v=QdeBWIDSo4M

 Existen multitud de juegos que nos pueden ayudar a entretener, relajar y predisponer a los niños para realizar una tarea que requiere concentración, para dormir o para esperar en la cola del médico.

Y tú.., ¿qué truco utilizas con tus hijos?.

Negociando con nuestro hijo adolescente

El arte de la negociación es un recurso imprescindible con hijos adolescentes.

Quien tiene hijos con edades comprendidas entre los 12 y 18 años, sabe que continuamente tenemos que llegar a acuerdos con ellos para conseguir que realicen las tareas cotidianas del día a día. Negociar se convierte en esencial para establecer reglas o límites con la comunicación como herramienta fundamental.

La negociación, por definición, exige concesiones de ambas partes, padres e hijo deben escucharse, respetarse y expresar sus intereses, pero sobre todo estar dispuestos a comprometerse con lo negociado. En ocasiones pensamos que son los adolescentes los que deben amoldarse a nuestra forma de vivir, a nuestros requisitos o exigencias y olvidamos que empiezan a ser individuos independientes de nosotros que tienen necesidades propias.

Debe quedar claro que la autoridad sigue siendo de los padres, al igual las cuestiones innegociables. Sin embargo, las reglas deben modificarse en función de la edad de los hijos, deben ir siendo más flexibles y las concesiones cada vez mayores. De esta manera, el adolescente siente que los padres también ceden, que es escuchad y, que es comprendido.

Es mediante una comunicación activa y constante, como conseguimos que la negociación tenga éxito, pero no debemos olvidar las bases de la negociación para la resolución de conflictos:

  • Los padres deben expresar de forma clara qué reglas son innegociables. Esto sigue siendo fundamental para dar la autoridad a quien le pertenece y para que no haya dificultad a la hora de entender lo que es la negociación. Sigue habiendo límites.

  • Las normas a negociar deben ser realistas, posibles de cumplir, claras y consistentes. Deben basarse en conductas concretas en las que se especifiquen todos los datos posibles: la frecuencia, la duración, el lugar a realizarla…

  • Escuchar las alegaciones de los hijos, empatizar con ellos por el malestar ante la norma, aceptar sus sentimientos.

  • Sugerir un acuerdo para realizar esa tarea a negociar en el que haya acto y consecuencia.

  • Que ambas partes acepten el compromiso del acuerdo. Podemos poner  el acuerdo por escrito, ya que la posibilidad de leerlo y se firmarlo ayuda a sentir como válido el acuerdo, a respetar la decisión tomada y a cumplir la tarea negociada.

  • Que ambas partes sean consecuentes con las conductas y las consecuencias que se han negociado, sin excusas. La firmeza de las normas y las consecuencias es uno de los pilares básicos de la negociación.

Con la negociación ayudamos a nuestros hijos en su desarrollo social, les damos las herramientas para comprender y manejar su propia agresividad, para aumentar la tolerancia a la frustración, para aumentar su empatía con respecto a los otros y para salir del egocentrismo en el que están inmersos por ser adolescentes, para poner en práctica la comunicación activa y asertiva con los demás.

No debemos olvidar que la última finalidad de la educación es que los hijos sean autónomos e independientes del núcleo familiar, por eso, debemos esforzarnos en permitir que nuestros hijos crezcan y ayudarles a ello, aunque a veces duela.

Depresión Infantil

Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la depresión no aparecía en la infancia. Actualmente se reconoce su existencia y en líneas generales, los síntomas son similares a los presentados por adultos.

¿Qué llama la atención de estos niños? su tristeza, lloran con facilidad, pierden el interés por sus  juegos preferidos y la escuela , se alejan de sus amigos y de la familia, son poco comunicativos, se aburren y se cansan pronto, tienen menos energía o concentración que antes, están irritables, son muy sensibles al rechazo y el fracaso, muestran deprecio hacia sí mismos, eligen finales tristes para sus cuentos y juegos, se quejan de dolores de cabeza o de estómago, duermen mucho o muy poco, comen demasiado o muy poco, muestran conductas infantiles con respecto a su edad (hablar como un bebé, hacerse pis), hablan de suicidio, deseo de escaparse de casa…

Los síntomas se expresan de distinta manera en función de la edad del niño:

- De 0 a 24 meses: están tristes a pesar de que sus padres o personas conocidas les consuelen, se apegan desesperadamente a quien se ocupa de ellos, no experimentan placer ni curiosidad por las cosas de su entorno, con dificultades en el sueño y la comida y, en ocasiones, con problemas de crecimiento.

- De 2 a 5 años: irritabilidad, llanto frecuente, hiperactividad, pérdida de interés por actividades que antes les gustaba, insomnio y pérdida de apetito.

- De 6 a 8 años: irritabilidad, inseguridad, resistencia a jugar, dificultades en el aprendizaje, timidez, enuresis, encopresis, terrores nocturnos, rabietas, dolores de cabeza…

- De 8 a los 14 años: a partir de estas edades ya pueden describir con cierta precisión su estado interior. Muestran baja autoestima, sentimientos de impotencia e indefensión ante sus problemas y, en algunos casos, desesperanza. Son frecuentes la pérdida de energía y de interés, así como los dolores de cabeza, problemas escolares y las ideas de suicidio.

¿Qué situaciones favorecen la depresión infantil? Padres con depresión, alta exigencia, falta de confianza en sí mismo por fracasos repetidos o críticas negativas constantes, sentirse muy distinto a sus compañeros (obesidad, estatura, etc.), poca relación con los padres, pérdida temprana real o simbólica de algún familiar o amigo, el ambiente escolar negativo (bullying…), pequeños estresores que terminan generando un problema de riesgo (alteraciones del lenguaje, dificultades de  aprendizaje, de coordinación psicomotora…), situación de excusión social…

Como hemos visto los síntomas son similares a los de los adultos, pero también tiene aspectos diferentes y espefíficos de la infancia. Lo importante es entender que los niños no expresan sus emociones exactamente como los adultos. Todavía no tienen la capacidad de distinguir y expresar lo que les pasa. Por este motivo, los adultos debemos estar atentos a sus cambios de comportamiento, sus dibujos y juegos, cómo habla de sí mismo, cómo se relaciona con sus compañeros de clase, si les exigimos más de lo que le corresponde a su edad, si además de sus fallos, hacemos hincapié en sus logros…

¿Cómo despedirnos de un hijo antes de conocerle?

Aproximadamente el 25% de los embarazos se pierden, es decir 1 de cada 4 embarazos no llega a término. Sin embargo, a pesar lo de frecuente, es un tema tabú del que no se habla.

Los hospitales no tienen protocolos adecuados para estas situaciones, y los familiares y amigos no saben cómo actuar ante esa pareja que aunque no vaya a tener un hijo, ya son padres para toda la vida.

El hecho de perder un hijo durante el embarazo, ya sea una pérdida voluntaria o natural y con independencia de las semanas de gestación, requiere un proceso de duelo, pues una parte del hijo que se estaba gestando ya había nacido.

En el embarazo, van creciendo dos hijos de forma paralela:

-  El feto real que crece en el vientre de la madre.

- El hijo ideal que crece en la cabeza de sus padres y familiares.  Éstos van imaginando y fantaseando cómo será ese bebé desde el momento de la concepción.

En el aborto espontáneo, los padres ya han construido unas expectativas de cómo será su hijo. Quizá le han puesto nombre, o quizá le han buscado durante mucho tiempo, o es posible que ese bebé viniese para acompañar a un hermanito…. Es decir, ya hay muchas fantasías que le incluyen.

Cuando es un aborto inducido, los padres igualmente construyen a ese bebé en su cabeza. Para poder tomar la decisión de abortar han tenido que hacerse cargo de su condición de padres y por tanto de la existencia de un hijo.

Ambas circunstancias duelen. Y este dolor no está socialmente acogido.

Los médicos  indican en el mismo momento de la pérdida espontánea que esperes un par de meses para regular tu cuerpo y vuelvas a intentarlo un poco más adelante. Los familiares y amigos insisten en que “ya tendrás otro”.  No tienen en cuenta que se necesita un cuidado emocional y de contención para esos padres que pueden tener otro hijo, pero no ese hijo.

Es habitual pensar que si alguien no puede o no quiere tener un hijo en ese momento, y decide voluntariamente interrumpir el embarazo, no sufre por ello. Aunque estés convencido de que sólo son unas células, el hijo que has creado en tu cabeza, el que te has imaginado, ese es real y el que te duele perder.

Poco a poco se está empezado a dar cabida a este dolor, y en este momento, hay profesionales y grupos de apoyo que ayudan en esta situación tan dura.

Algo que nos puede ayudar es despedirnos de nuestro hijo no nacido. Cada persona tiene que encontrar su manera de hacerlo. Algunos ejemplos de esto son escribirle una carta, hacer una caja especial con los preparativos del embarazo, realizar un vídeo en honor al bebé con la historia y lo que fuimos haciendo para recibirle…. Lo importante es darle el lugar que merece en la familia, agradecerle lo que nos dió y decirle adiós.

Si te encuentras en esta situación date un tiempo y un espacio para reflexionar sobre ti mismo y para cuidarte.

¡¡Mamáááá, no quiero pureeeee!!

El bebé cuando nace, es el mamífero más indefenso de todos. Es dependiente y necesita un adulto que le cuide. No tiene la capacidad de alimentarse, por lo que lo sustituye por la capacidad de “hacerse querer” con el objetivo de que sea otro quien le alimente y así sobrevivir.

Por ese motivo, la alimentación va siempre acompañada de afecto. Deja de ser un acto  puramente nutritivo para ser parte de un vínculo. La alimentación se convierte en una moneda de cambio con un significado mayor: “te quiero y por eso te alimento”.

Esta es la razón por la que las celebraciones se rodean de comida y por lo que nos preocupa tanto la alimentación de nuestros hijos (que coman bien es la manera más evidente de que les queremos y les cuidamos).

La alimentación es uno de los pilares fundamentales de la educación. Los niños aprenderán, a través de nosotros, cómo relacionarse con ese alimento que les proporciona amor.

Algunas recomendaciones para una buena alimentación desde el principio:

-  Es interesante que el niño participe de la mesa de los adultos. Desde que el niño pueda sentarse, es positivo que acomodemos nuestros horarios a los suyos. Como hemos dicho, se trata de un acto social, un lugar de encuentro, un intercambio de diálogo, en el que debemos incluir a nuestros hijos. Observarán como comemos e irán incorporando, aunque sea de forma visual, la gran variedad de comidas.

-  Si come sólo y necesita distracciones para comer, procura que los juguetes que manipule sean artículos de la mesa (platos de plástico, cucharas…). Evita juguetes que no incorporan información alimenticia, así poco a poco iremos regulando sus intereses y será más fácil la integración en la mesa.

-  El permitir que manipule algunos alimentos les ayuda a conocer el contexto. Aunque suponga un desastre en la mesa, les da información y… ¡les encanta!. Al principio es un juego, pero a medida que el niño disfruta de experiencias agradables en los ratos de comida, estará más abierto a probar nuevos sabores y texturas.

-  Ten en cuenta que los niños no comen como los adultos (con horario socialmente determinado y en ocasiones, sin hambre). Ellos comen todavía de forma instintiva, siempre con hambre. Por eso observa a tu hijo, y ofrécele los alimentos nuevos cuando tenga más hambre.

-  Evita la comida rápida. Aunque la comida rápida saca del apuro a los adultos, no suele ser comida adecuada para los niños.

-  Evita distracciones como la televisión o los videojuegos. Es mejor que el niño sepa que está comiendo, qué alimentos come y cuánta cantidad.

-  Según se vayan haciendo mayores, habla con ellos, introduce temas de conversación ajenos a la comida (planes futuros, resumen del día, un acontecimiento extraordinario…).

-  Que colabore en la preparación de los alimentos y de la reunión (poner la mesa, echar la sal… les hace sentir partícipes de eso que van a comer posteriormente).

-  Pon siempre un poco de lo que haya en la mesa para él, es decir, que pruebe todo lo que está preparado. Sin exigencia pero con oportunidad, poco a poco irá introduciendo alimentos nuevos.

-  Acompaña lo que menos le gusta con lo que más le gusta (“después del puré hay albóndigas”).

-  Si no quiere comer algo, no sustituir por un plato que le guste, simplemente invitarle a abandonar la mesa. Si se ha construido un buen ambiente alrededor de la comida, querrá quedarse a compartir con sus padres ese rato.

-  Come sano, si tú comes bien, ellos comen bien.

-  Pero sobre todo, disfruta con la comida y con el momento de compañía que supone. No olvides que se trata de un lugar de encuentro con tu hijo, no una batalla campal cuerpo a cuerpo.