Papás, ¡¡¡Os queremos!!!

¡¡NECESITAMOS A LOS PAPÁS!!

REY LEON

La necesidad de una función paterna en el desarrollo evolutivo y psíquico de nuestros hijos es imprescindible.

Esto no significa que esta función la tenga que hacer un padre necesariamente, ya sea biológico o adoptivo. Esta función la puede ejercer un abuelo, un profesor o incluso una madre que duplica funciones.

Lo que los hijos necesitan es que haya alguien que SEA PAPÁ, entendiendo como PAPÁ alguien que incorpora la ley, lo social y el trabajo.

Los niños necesitan….

Un papá que protege a la vez que prohíbe.

Un papá que cuida a la vez que exige.

Un papá que se ríe unas veces y se enfada otras.

Un papá que valora a los demás y también a su hijo.

Un papá que comprende a la vez que obliga.

Un papá que defiende a la vez que anima.

Un papá que tiene amigos y hace que el niño los tenga.

Un papá que ayuda a la vez que sabe que lo hará el niño solo.

Un papá que se va a trabajar pero vuelve.

Un papá que escucha pero también comparte.

Un papá que juega un rato y que al rato tiene muchas cosas que hacer.

Un papá que está a nuestro lado pero deja distancia.

Un papá que quiere a la mamá y la respeta aunque opine de otra manera.

Un papá adulto que se comporta a veces como un niño.

 

OS QUEREMOS PAPÁS, no podemos olvidar nunca que os debemos lo mejor que tenemos: NUESTROS HIJOS

La pirámide de los límites

En ocasiones pensamos que cuanto mayores sean nuestros hijos, más preocupaciones y por tanto, mayor será el número de límites que tendremos que ponerles.

Quizá os sorprenda saber que el número de límites y reglas es inversamente proporcional a número de años de nuestro hijo.

Es decir, los límites son mayores en número y más rígidos cuando nuestros hijos son pequeños, mientras que se irán haciendo más flexibles a medida que nuestros hijos crecen.

Lo difícil de esto es que, por lo general, las desobediencias de los hijos son mucho más angustiosas para nosotros según van siendo más mayores. El hecho de que nuestro hijo no comparta el cubo en el parque, que coma unos gusanitos justo antes de comer o simplemente que coja una rabieta en un comercio… no son situaciones de “peligro, amenaza o  preocupación”. Sin embargo, que no estudie, que quiera salir con sus amigos hasta las 12, que quiera fumar… Nos generan una gran PREOCUPACIÓN, una gran RESPONSABILIDAD, un gran MIEDO.

Es lógico que nos sintamos así, pero el objetivo de una familia es crear individuos independientes de la propia familia. Queremos que sean capaces de tener un trabajo, que tengan sus propios gustos, que elijan una pareja, o una forma de vivir en la que sean felices aunque no estemos nosotros a su lado.

Por ese motivo, la construcción de los límites debe ser piramidal. Es decir la cantidad de límites y de normas se construyen desde la infancia en forma de pirámide, entendiendo que la base es lo que sostiene y dará lugar a que nuestros hijos vayan eligiendo con criterio y autonomía, después de haber ido interiorizado todos nuestros valores a través de los límites y el afecto que les hemos ido dando como guías.

Poner límites con afecto, es el primer lenguaje de amor que tenemos con nuestros hijos. A mayor dependencia, mayor necesidad de contención, cuidado y protección, es decir, de límites.

Sin embargo, a medida que crecen, tendrán más necesidades individuales, mayor será nuestra negociación con ellos y más realistas tendremos que ser a la hora de ajustar esos límites.

Por eso no te sientas mal en prohibir ciertas cosas, en no tolerar otras y en no permitir que nuestros hijos siempre hagan lo que deseen, porque les estamos enseñando a interiorizar las reglas y las normas, a distinguir lo que está bien de lo que está mal, para que ellos puedan elegir correctamente el día de mañana.

Un azote a tiempo…

Imaginemos: Mientras haces las camas, miras el reloj. Observas que ya llegáis tarde y pides a tu hijo que se vista. Sigue jugando sin escucharte. Tú le dices en voz alta que se vista. Poco a poco tu tono de voz va en aumento, pero él hace caso omiso y sigue jugando sin importarle tu petición. Tú vas enfadándote y pensando que no te obedece, que lo tienes que hacer todo, que os tenéis que ir y él sigue jugando como un niño pequeño. Con el enfado acumulado, te acercas y sin mediar palabra le das un azote fuerte en el culo mientras le dices con voz firme y alta “¡¡¡Que te vistas!!!”

Parece una escena habitual. Pero no por habitual es adecuada.

La agresividad puede ser funcional, LA VIOLENCIA NO LO ES.

La agresividad es una emoción. Supone rabia, brío, diferencia con el otro y deseos de atacar y embestir. Pero sólo deseos, como adultos debemos ser capaces de controlar ese sentimiento.

La violencia proviene del latín (“Vis” – fuerza; “lentia” – continuidad). Es el continuo uso de la fuerza, del poder del más fuerte sobre el más débil.

Cada vez más estudios demuestran los efectos negativos de usar la violencia. Y es que, aunque los azotes sean puntuales y no muy fuertes, la relación de poder e intimidación que se establece con nuestros hijos es constante. Los peques aprenden su papel de “inferior” y se someten de manera continua, sintiendo que el poder y la fuerza están en manos de otro, pudiendo aparecer cuando menos se lo esperen. Los azotes preventivos consiguen, siempre a través del miedo, reducir o disminuir la conducta no deseada. La contrapartida es que el niño interioriza que el amor al otro incluye la violencia al otro en algunas ocasiones.

Los niños con los que se usan los “azotes preventivos” son niños con dificultades en las relaciones sociales, con falta de autoestima, poca empatía, represión de la libertad y creatividad,  y con dificultades de concentración.

Motivos por los que justificamos el castigo físico:

- Sociales: muchos de nosotros hemos sido criados todavía en la idea de que “un azote a tiempo” ahorra futuros problemas. La desinformación de antaño hacía que nuestros abuelos y nuestros educadores, utilizasen esta forma de comunicación con los niños. Pero hoy en día, estamos más formados e informados, somos capaces de evolucionar, hemos cambiado aquello que no nos satisface. Si ya no lavamos a mano, o no utilizamos palomas mensajeras… ¿por qué seguimos manteniendo patrones de violencia antiguos?

- Familiares: si tus padres han utilizado el azote preventivo contigo, supone una deslealtad hacia ellos pensar que no es útil. Pensar que los padres se equivocaron con nosotros mismos supone un crecimiento. Sobre todo si esos azotes llevaban implícito “es por tu bien”, es difícil sentir que no es cierto.

- Individuales: los patrones violentos se gestan en la infancia y quizá haya padres cuya manera de resolver los conflictos siga siendo la que tuvieron en sus primeros años.

Frases cotidianas que excusan “el azote a tiempo”:

  • “A mí me dieron algún que otro azote y no estoy traumatizada, ni me he muerto”: Sólo el mero hecho de justificar la violencia ya es significativo de que ese tipo de relación ha dejado huella.
  • “Una cosa es un azote y otra es el maltrato”: El grado de violencia de un azote es el más bajo, pero es importante señalar que nadie siente que maltrata a su hijo, ni siquiera los verdaderos maltratadores.
  • “Es por su propio bien”: Se entiende que hay un objetivo final positivo para los niños, pero ¿sabemos cuál es?.
  • “Con un niño pequeño no se puede dialogar”: Que los niños no sepan expresarse ni tengan la capacidad de razonar de un adulto, no significa que no sean capaces de entender todo lo que ocurre a su alrededor. El mensaje que le das y comprende es que el que tiene el poder es el que pueden agredir.
  • “A veces, se tuercen y la única salida es el azote”: Es fácil sentirse impotente y frustrado ante un niño que no obedece. Si le pegas en esa situación, le estás enseñando a comportarse así cuando él se sienta impotente y frustrado.
  • “La permisividad y la falta de límites es la verdadera causa de los problemas actuales en la educación”: Se pueden poner límites sin violencia.

Te invitamos a reflexionar sobre este tema. Danos tu opinión.

Desarrollo del Autocontrol

Una de las bases de las relaciones humanas es el autocontrol.

No podemos relacionarnos con otros si no hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos. Y a su vez, no podremos autocontrolarnos si no nos hemos relacionado con otros que se autocontrolan y nos enseñan a ello.

El autocontrol en los menores pasa por distintas fases:

  • El control de esfínter: Durante la etapa infantil escolar, a los niños les pedimos que se controlen no haciéndose pis y caca. Cuando lo consiguen supone autonomía y autoestima. Por nuestra parte les ayudaremos con las rutinas: hacer pis 6 veces al día (siempre en los mismos lugares: baño de casa, del cole, del comedor…) y 1 vez al día caca (antes del baño o después del desayuno…). Controlar el tiempo y el espacio, les ayuda a anticipar y a controlar sus necesidades. Conseguir esto les permite respetarse así mismos.
  • En los primeros cursos de primaria, los niños deben aprender a no interrumpir a los adultos mientras están hablando con otros. En esa fase los juegos de turnos son especialmente importantes. Debemos insistir en el “un momento, por favor, que estoy hablando” y reforzar cuando lo consiguen. El no interrumpir, el respetar al otro, les abre la perspectiva de su mundo “egocéntrico” (que no egoísta) en el que ellos eran los protagonistas. Este autocontrol les permite respetar al otro.
  • La atención y concentración: Si somos capaces de autocontrolarnos a nosotros mismos en las fases anteriores, tendremos una buena base para conseguir una atención externa y una concentración interna. En los curos intermedios de primaria, el estar atento en clase, es mucho más que atender, es sobretodo autocontrolarse en todos los deseos internos (los niños desean hacer muchas otras cosas, pensar en otras cosas, compartir con los compañeros ideas… pero deben saber que es el turno del profesor, del estudio, de la concentración y de la atención). Aunque parezca contradictorio, en esta fase les ayudaremos dejándoles solos, permitiéndoles la autogestión. Debemos mostrarles la manera de concentrarse facilitándoles las rutinas pero no estudiando con ellos, pues ya sería un control externo, no un autocontrol. Este logro les permite cuidarse a sí mismos.
  • La agresividad: En ocasiones, la rabia y la agresividad nos invade ante la frustración que suponen los autocontroles anteriores, que ya implican pérdida de privilegios. Hasta que llegamos al último ciclo de primaria, se puede permitir una manifestación evidente del enfado. Sin embargo, en estos últimos cursos ya debemos ir regulando nuestra expresión de la agresividad, con la situación, con los compañeros y con nosotros mismos. Eso no significa que no sintamos el enfado, debemos sentirlo, identificarlo, darle un significado y canalizarlo hacia algo positivo. Los padres y la escuela debemos ayudarles igualmente en este autocontrol, permitiendo que los preadolescentes se enfaden, aceptando sus sentimientos agresivos y dándoles pistas para que se autocontrolen. Este control les permite cuidar al otro.

Estos autocontroles serán la base de las relaciones familiares, escolares y con uno mismo. De ahí la importancia de los mismos.