¡¡Mamáááá, no quiero pureeeee!!

El bebé cuando nace, es el mamífero más indefenso de todos. Es dependiente y necesita un adulto que le cuide. No tiene la capacidad de alimentarse, por lo que lo sustituye por la capacidad de “hacerse querer” con el objetivo de que sea otro quien le alimente y así sobrevivir.

Por ese motivo, la alimentación va siempre acompañada de afecto. Deja de ser un acto  puramente nutritivo para ser parte de un vínculo. La alimentación se convierte en una moneda de cambio con un significado mayor: “te quiero y por eso te alimento”.

Esta es la razón por la que las celebraciones se rodean de comida y por lo que nos preocupa tanto la alimentación de nuestros hijos (que coman bien es la manera más evidente de que les queremos y les cuidamos).

La alimentación es uno de los pilares fundamentales de la educación. Los niños aprenderán, a través de nosotros, cómo relacionarse con ese alimento que les proporciona amor.

Algunas recomendaciones para una buena alimentación desde el principio:

-  Es interesante que el niño participe de la mesa de los adultos. Desde que el niño pueda sentarse, es positivo que acomodemos nuestros horarios a los suyos. Como hemos dicho, se trata de un acto social, un lugar de encuentro, un intercambio de diálogo, en el que debemos incluir a nuestros hijos. Observarán como comemos e irán incorporando, aunque sea de forma visual, la gran variedad de comidas.

-  Si come sólo y necesita distracciones para comer, procura que los juguetes que manipule sean artículos de la mesa (platos de plástico, cucharas…). Evita juguetes que no incorporan información alimenticia, así poco a poco iremos regulando sus intereses y será más fácil la integración en la mesa.

-  El permitir que manipule algunos alimentos les ayuda a conocer el contexto. Aunque suponga un desastre en la mesa, les da información y… ¡les encanta!. Al principio es un juego, pero a medida que el niño disfruta de experiencias agradables en los ratos de comida, estará más abierto a probar nuevos sabores y texturas.

-  Ten en cuenta que los niños no comen como los adultos (con horario socialmente determinado y en ocasiones, sin hambre). Ellos comen todavía de forma instintiva, siempre con hambre. Por eso observa a tu hijo, y ofrécele los alimentos nuevos cuando tenga más hambre.

-  Evita la comida rápida. Aunque la comida rápida saca del apuro a los adultos, no suele ser comida adecuada para los niños.

-  Evita distracciones como la televisión o los videojuegos. Es mejor que el niño sepa que está comiendo, qué alimentos come y cuánta cantidad.

-  Según se vayan haciendo mayores, habla con ellos, introduce temas de conversación ajenos a la comida (planes futuros, resumen del día, un acontecimiento extraordinario…).

-  Que colabore en la preparación de los alimentos y de la reunión (poner la mesa, echar la sal… les hace sentir partícipes de eso que van a comer posteriormente).

-  Pon siempre un poco de lo que haya en la mesa para él, es decir, que pruebe todo lo que está preparado. Sin exigencia pero con oportunidad, poco a poco irá introduciendo alimentos nuevos.

-  Acompaña lo que menos le gusta con lo que más le gusta (“después del puré hay albóndigas”).

-  Si no quiere comer algo, no sustituir por un plato que le guste, simplemente invitarle a abandonar la mesa. Si se ha construido un buen ambiente alrededor de la comida, querrá quedarse a compartir con sus padres ese rato.

-  Come sano, si tú comes bien, ellos comen bien.

-  Pero sobre todo, disfruta con la comida y con el momento de compañía que supone. No olvides que se trata de un lugar de encuentro con tu hijo, no una batalla campal cuerpo a cuerpo.

“Estar pequeño” o “Estar mayor”

A ver si podéis resolver este problema:

Si yo tengo 40 años, pero no he tocado el piano nunca y un niño de 12 años sabe tocarlo desde que tiene 5, ¿quién “está mayor” en piano, él o yo?, ¿Quién será el profesor de piano, quién enseñará a quién?.

Blog mayorEvidentemente, hay en ciertas situaciones en las que no se es grande o pequeño, no se es más alto o más bajo… sino que “se está mayor en algo” o “pequeño en algo”.

Esta distinción tiene incluida la posibilidad de consecución. Es decir, si me esfuerzo, puedo conseguirlo.

Uno no “es o no es”, sino que “está o no está”, y por supuesto tiene la posibilidad de ser, ya sea ayudado por el tiempo, por el esfuerzo,  por la voluntad o por el cariño de los que le rodean.

Esto no debemos olvidarlo cuando definimos a nuestros hijos. Debemos saber que son un continuo crecimiento. Hoy, no “están mayores” en autonomía, pero lo estarán; no “están mayores” en atención, pero lo estarán; no están mayores en autocontrol, pero lo estarán…

Nosotros debemos ayudarles en ese camino, haciéndoles saber que se trata de un proceso en el que irán madurando en todos los aspectos que hoy les resultan difíciles.

Puesto que conseguir la madurez necesaria para enfrentarse a todas las exigencias que les pedimos a nuestros hijos a diario es una tarea difícil, os invitamos a utilizar el verbo ESTAR para cambiar totalmente la perspectiva (para nosotros y para nuestros hijos) y así favorecer en su crecimiento. Por ejemplo:

  • Yo te ayudo porque ESTÁS pequeño en vestirte pero pronto estarás mayor.
  • Si te ha pegado es porque ESTARÁ pequeño mientras juega contigo, vamos a enseñarle.
  • Qué caprichoso ESTÁS hoy.

Y si no… pensad: si no decimos que somos “febriles” cuando estamos enfermos, sino que ESTAMOS malos, ¿por qué cuando nos portamos mal… SOMOS malos?

Un azote a tiempo…

Imaginemos: Mientras haces las camas, miras el reloj. Observas que ya llegáis tarde y pides a tu hijo que se vista. Sigue jugando sin escucharte. Tú le dices en voz alta que se vista. Poco a poco tu tono de voz va en aumento, pero él hace caso omiso y sigue jugando sin importarle tu petición. Tú vas enfadándote y pensando que no te obedece, que lo tienes que hacer todo, que os tenéis que ir y él sigue jugando como un niño pequeño. Con el enfado acumulado, te acercas y sin mediar palabra le das un azote fuerte en el culo mientras le dices con voz firme y alta “¡¡¡Que te vistas!!!”

Parece una escena habitual. Pero no por habitual es adecuada.

La agresividad puede ser funcional, LA VIOLENCIA NO LO ES.

La agresividad es una emoción. Supone rabia, brío, diferencia con el otro y deseos de atacar y embestir. Pero sólo deseos, como adultos debemos ser capaces de controlar ese sentimiento.

La violencia proviene del latín (“Vis” – fuerza; “lentia” – continuidad). Es el continuo uso de la fuerza, del poder del más fuerte sobre el más débil.

Cada vez más estudios demuestran los efectos negativos de usar la violencia. Y es que, aunque los azotes sean puntuales y no muy fuertes, la relación de poder e intimidación que se establece con nuestros hijos es constante. Los peques aprenden su papel de “inferior” y se someten de manera continua, sintiendo que el poder y la fuerza están en manos de otro, pudiendo aparecer cuando menos se lo esperen. Los azotes preventivos consiguen, siempre a través del miedo, reducir o disminuir la conducta no deseada. La contrapartida es que el niño interioriza que el amor al otro incluye la violencia al otro en algunas ocasiones.

Los niños con los que se usan los “azotes preventivos” son niños con dificultades en las relaciones sociales, con falta de autoestima, poca empatía, represión de la libertad y creatividad,  y con dificultades de concentración.

Motivos por los que justificamos el castigo físico:

- Sociales: muchos de nosotros hemos sido criados todavía en la idea de que “un azote a tiempo” ahorra futuros problemas. La desinformación de antaño hacía que nuestros abuelos y nuestros educadores, utilizasen esta forma de comunicación con los niños. Pero hoy en día, estamos más formados e informados, somos capaces de evolucionar, hemos cambiado aquello que no nos satisface. Si ya no lavamos a mano, o no utilizamos palomas mensajeras… ¿por qué seguimos manteniendo patrones de violencia antiguos?

- Familiares: si tus padres han utilizado el azote preventivo contigo, supone una deslealtad hacia ellos pensar que no es útil. Pensar que los padres se equivocaron con nosotros mismos supone un crecimiento. Sobre todo si esos azotes llevaban implícito “es por tu bien”, es difícil sentir que no es cierto.

- Individuales: los patrones violentos se gestan en la infancia y quizá haya padres cuya manera de resolver los conflictos siga siendo la que tuvieron en sus primeros años.

Frases cotidianas que excusan “el azote a tiempo”:

  • “A mí me dieron algún que otro azote y no estoy traumatizada, ni me he muerto”: Sólo el mero hecho de justificar la violencia ya es significativo de que ese tipo de relación ha dejado huella.
  • “Una cosa es un azote y otra es el maltrato”: El grado de violencia de un azote es el más bajo, pero es importante señalar que nadie siente que maltrata a su hijo, ni siquiera los verdaderos maltratadores.
  • “Es por su propio bien”: Se entiende que hay un objetivo final positivo para los niños, pero ¿sabemos cuál es?.
  • “Con un niño pequeño no se puede dialogar”: Que los niños no sepan expresarse ni tengan la capacidad de razonar de un adulto, no significa que no sean capaces de entender todo lo que ocurre a su alrededor. El mensaje que le das y comprende es que el que tiene el poder es el que pueden agredir.
  • “A veces, se tuercen y la única salida es el azote”: Es fácil sentirse impotente y frustrado ante un niño que no obedece. Si le pegas en esa situación, le estás enseñando a comportarse así cuando él se sienta impotente y frustrado.
  • “La permisividad y la falta de límites es la verdadera causa de los problemas actuales en la educación”: Se pueden poner límites sin violencia.

Te invitamos a reflexionar sobre este tema. Danos tu opinión.

Desarrollo del Autocontrol

Una de las bases de las relaciones humanas es el autocontrol.

No podemos relacionarnos con otros si no hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos. Y a su vez, no podremos autocontrolarnos si no nos hemos relacionado con otros que se autocontrolan y nos enseñan a ello.

El autocontrol en los menores pasa por distintas fases:

  • El control de esfínter: Durante la etapa infantil escolar, a los niños les pedimos que se controlen no haciéndose pis y caca. Cuando lo consiguen supone autonomía y autoestima. Por nuestra parte les ayudaremos con las rutinas: hacer pis 6 veces al día (siempre en los mismos lugares: baño de casa, del cole, del comedor…) y 1 vez al día caca (antes del baño o después del desayuno…). Controlar el tiempo y el espacio, les ayuda a anticipar y a controlar sus necesidades. Conseguir esto les permite respetarse así mismos.
  • En los primeros cursos de primaria, los niños deben aprender a no interrumpir a los adultos mientras están hablando con otros. En esa fase los juegos de turnos son especialmente importantes. Debemos insistir en el “un momento, por favor, que estoy hablando” y reforzar cuando lo consiguen. El no interrumpir, el respetar al otro, les abre la perspectiva de su mundo “egocéntrico” (que no egoísta) en el que ellos eran los protagonistas. Este autocontrol les permite respetar al otro.
  • La atención y concentración: Si somos capaces de autocontrolarnos a nosotros mismos en las fases anteriores, tendremos una buena base para conseguir una atención externa y una concentración interna. En los curos intermedios de primaria, el estar atento en clase, es mucho más que atender, es sobretodo autocontrolarse en todos los deseos internos (los niños desean hacer muchas otras cosas, pensar en otras cosas, compartir con los compañeros ideas… pero deben saber que es el turno del profesor, del estudio, de la concentración y de la atención). Aunque parezca contradictorio, en esta fase les ayudaremos dejándoles solos, permitiéndoles la autogestión. Debemos mostrarles la manera de concentrarse facilitándoles las rutinas pero no estudiando con ellos, pues ya sería un control externo, no un autocontrol. Este logro les permite cuidarse a sí mismos.
  • La agresividad: En ocasiones, la rabia y la agresividad nos invade ante la frustración que suponen los autocontroles anteriores, que ya implican pérdida de privilegios. Hasta que llegamos al último ciclo de primaria, se puede permitir una manifestación evidente del enfado. Sin embargo, en estos últimos cursos ya debemos ir regulando nuestra expresión de la agresividad, con la situación, con los compañeros y con nosotros mismos. Eso no significa que no sintamos el enfado, debemos sentirlo, identificarlo, darle un significado y canalizarlo hacia algo positivo. Los padres y la escuela debemos ayudarles igualmente en este autocontrol, permitiendo que los preadolescentes se enfaden, aceptando sus sentimientos agresivos y dándoles pistas para que se autocontrolen. Este control les permite cuidar al otro.

Estos autocontroles serán la base de las relaciones familiares, escolares y con uno mismo. De ahí la importancia de los mismos.

Mamá, ¿Cuándo voy a volver a ver al abuelo?

El concepto de muerte evoluciona con el desarrollo en los niños pando por distintas etapas. Conocer esto nos ayudará para saber cómo hablarles del tema:

* Desde los 2 años hasta los 5, suelen entender la muerte como algo reversible y temporal. Aparece la palabra muerte en su lenguaje pero sin un conocimiento real del significado. Este concepto de reversibilidad de la muerte viene favorecido por los dibujos animados que ven, en los que personajes “mueren” tras caídas o atropellos y “reviven” milagrosamente de forma inmediata.

* Desde los 5 hasta los 9 años, la mayoría de los niños van comprendiendo el verdadero significado de la muerte. Ya entienden que es para siempre y que todos los seres vivos mueren.. pero debido a su “egocentrismo natural” no son capaces de percibirlo como posibilidad para sí mismos. No sienten que puedan morirse, sino que está asociado a “ser viejito”, “estar muy enfermo”… dependiendo de los fallecimientos que haya vivido en su entorno más cercano.

En este caso, la muerte tiene una imagen, y en ocasiones dicha imagen puede ocasionar miedo a los niños. Las preguntas sobre la muerte pueden aparecer en esta etapa, pero casi siempre desde la posición de vida: “si tú mueres yo dónde voy a vivir?, qué hay en el cielo?, el abuelo nos ve?…”

* A partir de los 9 años, los niños entienden plenamente el concepto de muerte: que es irreversible, todos los seres vivos mueren, y ellos mismos y sus seres queridos también morirán algún día.

No obstante, las etapas y sus tiempos son generales. Los niños se desarrollan de forma individual, y empujados por sus experiencias y su madurez pueden pasar de una etapa a otra con más o menos rapidez. Habrá niños que se interesen antes, quizá por el fallecimiento de alguien muy querido, quizá por alguna película. Otros niños evitarán el tema, aunque lo expresarán en su juego (luchas muertes, matar…), lo que les ayudará a elaborar sus miedos. Y otros irán poco a poco madurando en este concepto a través de conversaciones puntuales y de fantasías.

En cualquier caso, debemos observar a nuestro hijo, acompañarle en su evolución y contener ese miedo. Miedo que, en ocasiones nos invade incluso a nosotros. Por ese motivo, hablar de la muerte a nuestros hijos no nos resulta fácil. Pero, puesto que es parte de la vida, no deberíamos excluirlo de nuestra conversación con ellos.

Muerte

Aquí te dejamos unos consejos para hablar de la muerte de forma sencilla y comprender las inquietudes de los peques de la casa:

  • Aprovecha las pequeñas muertes del día a día (de insectos, hormigas, flores arrancadas…) para introducir algunos conceptos y darles información poco a poco, pero el tema como tal debe hablarse cuando ellos lo planteen.
  • Hablarles con un lenguaje sencillo y cercano: es el final de la vida, lo primero es nacer y lo último es morir, todos nos moriremos…
  • Evita usar palabras como “decanso, sueño profundo…” porque puede dar lugar a miedo en las rutinas propias diarias como ir a la cama. O “es una separación para siempre” porque el niño puede comenzar a sentir miedo en las pequeñas separaciones de sus padres en el día a día.
  • Evita usar conceptos abstractos como “subir al cielo, se queda entre nosotros…” pues son conceptos que no entienden.
  • No asociarlo a exclusivo de la vejez o de la enfermedad.
  • No mentirles diciendo que nunca nos vamos a morir, que siempre estaremos con ellos, que todavía falta muchísimo… Es mejor decir que vamos a cuidarnos todo lo posible para no morir pronto y estar juntos más tiempo.
  • Mostrar los sentimientos de tristeza ante la muerte de alguien. Expresar el dolor y compartirla con el niño.
  • Seguir hablando de la persona fallecida con la naturalidad de echarle de menos. Permitir preguntas sobre esa persona.
  • Si el fallecimiento es de alguien muy cercano y el niño es consciente, invitarle a compartir el duelo con la familia si es lo que él desea, (cuidando de que no se sienta impresionado, puede ser muy beneficioso acudir a un velatorio y sentir que la tristeza es común, no sólo suya).

La clave es ponernos en su lugar, con respecto a lo que sienten y lo que son capaces de comprender, para ayudarles en su desarrollo evolutivo.

No olvides, que si el tema de la muerte se convierte en un miedo irracional para los niños, o la etapa de superación de un duelo se alarga… acudir a un profesional os ayudará a todos.

La lectura: en formato papel o digital?

Estamos inmersos en un mundo tecnológico que abarca todo lo que podamos imaginar. La lectura digital es una realidad a la que debemos enfrentarnos, pues los libros electrónicos, los ipad, los móviles y los e-readers… ya forman parte de nuestro día a día.

Figuras y colores casi perfectos estimulan los cerebros y la fantasía de nuestros hijos de una manera constante, lo que evidencia un cambio en los hábitos de lectura.

Como en cada cambio de era, tenemos la sensación de que la capacidad de profundización y reflexión ante la lectura se ve amenazada. Ya Sócrates fue contrario a la palabra escrita en la antigua Grecia, pues creía que perjudicaría en el tránsito de la cultura oral. De la misma manera, ante la llegada de la imprenta, se temió por el manuscrito, y ante la llegada de la radio se temió por el periódico.

Es cierto que hay estudios que certifican que la lectura digital está dando origen a una serie de pensadores superficiales, cuyas mentes buscan respuestas rápidas e inmediatas, debido a que las conexiones neuronales que se generan como nuevas ante la lectura tecnológica son menores en cantidad. El problema radica en que cada vez que aprendemos algo nuevo, el cerebro forma nuevos circuitos que reconectan las estructuras previas. Y se ha comprobado que los altos niveles de concentración que se alcanzan al leer un libro impreso favorecen el desarrollo de estas conexiones neuronales, las que dan forma a la reflexión profunda que caracteriza al ser humano. No ocurre lo mismo con la lectura digital.

Los investigadores explican que, al leer en una pantalla, estamos más expuestos a una distracción permanente, la lectura es más lenta porque se necesita un mayor esfuerzo para alcanzar los niveles adecuados de concentración (lo que no siempre ocurre), y nuestro cerebro es incapaz de establecer las conexiones neuronales que se necesitan para una capacidad de análisis profundo.

Por el contrario, la lectura en papel exige una concentración mucho mayor, pues están implicados un mayor número de neuronas cerebrales (aunque parece que sólo leemos, ocurren muchas más cosas en nuestro cerebro: se estimulan las áreas de la producción del habla, el procesamiento del lenguaje, de la comprensión y la construcción de una imagen que completa la palabra).

Sin embargo, no debemos olvidar que internet ha democratizado el acceso a la información. La lectura digital es más igualitaria, está al acceso de todos y permite tener información con respecto a casi cualquier tema. Los jóvenes son más expertos que los mayores, y las nuevas tecnologías más atractivas que las antiguas, por lo que invitan a la lectura en mayor medida que las anteriores.

Por lo que el mundo digital, quizá no forma “mejores pensadores”, pero sí mejores conversadores, personas cultas que están al tanto de las novedades y nuevas noticias. Personas con interés y motivación que se autorregula en la búsqueda de intereses.

Nuestros hijos aprenderán y sabrán leer en el ordenador, mientras que nosotros aprendimos en papel y nos aferramos a este dinosaurio literato.

Algo nos diferencia, pero también algo nos une. El amor por la lectura.

Feliz día del libro, sea digital o de papel.

Hablar de sexualidad a mi hijo, ¿cuándo y cómo?

Hablar de sexualidad a nuestros hijos puede darnos pudor, pero debemos saber que incluir este tema en nuestras conversaciones con nuestros pequeños tiene importantes beneficios:

  • En la etapa infantil, les favorece a enfrentarse a sus sentimientos, a sus diferencias con otros niños, les enseña a tener relaciones afectuosas y les ayuda a protegerse contra el abuso sexual.
  • En la etapa de la adolescencia, les da información para cuidar su salud sexual, les aporta autoestima, seguridad y habilidad para relacionarse con el grupo y claridad con respecto a sus valores y las consecuencias.

Por ese motivo, la familia es el lugar idóneo para introducirse en la sexualidad. Podemos ayudar a nuestros hijos a que se sientan cómodos con su sexualidad desde el inicio, y de esta manera serán jóvenes que confíen en nosotros para hacer las preguntas que necesiten resolver.

El mejor momento para empezar a hablar de sexualidad es desde que sienten su sexualidad y sus diferencias con el otro sexo. Podemos incluir la sexualidad de forma natural cuando les bañamos, cuando les vestimos, cuando les enseñamos palabras de las partes del cuerpo (llamando a cada cosa por su nombre), la manera en la que nos comportamos y damos significado a su comportamiento…

Con esto respondemos a la pregunta del cómo: progresivamente, teniendo en cuenta la curiosidad y la comprensión de nuestros hijos.

El concepto de sexualidad va evolucionando con las etapas de desarrollo. Entender esto nos ayudará a no interpretar la sexualidad de nuestros hijos desde un punto de vista adulto:
Desde los 2 a los 4 años: las diferencias sexuales comienzan a hacerse evidentes y las preguntas que aparecen se suelen referir a este tema (¿por qué soy distinto a mi hermana?, ¿por qué ella no lleva calzoncillos?…)
Desde los 4 a los 6 años: el niño comienza a ver que las diferencias físicas entre niño y niña se relacionan con las que hay entre hombre y mujer… y suponen muchas más diferencias. Las preguntas se hacen más específicas y tienen un significado más profundo de sexualidad (¿por qué mi hermana no tiene cola?, ¿de dónde nací yo?, ¿por dónde salí?, ¿por qué a las madres tienen leche en las tetas?…).
En esta etapa el niño comienza a explorar su cuerpo y a hacer preguntas sobre sus sentimientos y sus sensaciones. Comienzan los juegos de marcado carácter sexual como imitación y juego de roles (jugar a los médicos…).
De los 7 a los 10 años: Ya conocen su identidad sexual, son más autónomos y sabrán encontrar respuestas en otros entornos (el colegio, el grupo de iguales…) pero eso no significa que debamos olvidarnos del tema puesto que la familia sigue siendo el entorno más fidedigno para obtener respuestas.
– En la adolescencia, desde los 10 hasta los 19: los niños se harán adultos, sufrirán cambios corporales y emocionales. Sentirán las primeras emociones asociadas al contacto, las primeras excitaciones sexuales conscientes y las relaciones afectivo-sexuales con sus iguales irán aumentando. En esta etapa es importante estar siempre disponibles para hablar sin pudor aquellas dudas que nuestros hijos tengan.

En definitiva, para educar sexualmente a nuestros hijos no hay que ser sexólogos ni expertos amateurs. Es como un buen guiso que se hace a fuego lento y en los que no deben faltar los ingredientes de naturalidad, comprensión, respeto, información real y amor por los hijos.

La nevera: medidor de culpa

Nevera“Si abro la nevera y está llena, significa que esta semana he sido buena madre, pero mala profesional. Si está vacía, he sido buena profesional, pero mala madre”

La nevera se convierte en un medidor de la culpa…

 La culpa extrema por no estar haciendo las cosas bien con los hijos, invade de forma masiva a la mujer de hoy, y a la vez, la exigencia por estar a la altura que la sociedad le marca, en el trabajo, en la dedicación a sí misma… es constante.

En la actualidad, la mala madre, está más relacionado con ampliar el número de roles que le quitan tiempo para esa entrega y ese sacrificio, que por hacer cosas mal.

El hecho de que las mujeres se sientan, por lo general, más culpables que los hombres se debe fundamentalmente a cuestiones culturales.

De las madres se espera la capacidad de cuidado por instinto, la entrega incondicional, la capacidad de amor indefinida, apoyo emocional constante a los hijos… pero no hay que confundir la idealización con la realidad, las madres son seres humanos, se equivocan, desean, se angustian, se estresan….

El estar constantemente para los otros, provoca malestar. Pero expresar ese malestar, implicaría ser “malas madres, malas mujeres”. El malestar no desaparece y termina volcándose contra ellas en forma de culpa.

Al construir una familia y aumentar las responsabilidades, la identidad de la mujer queda transformada inevitablemente, manteniendo una identidad múltiple (que van desde el trabajo a la casa, pasando por los hijos y la pareja, sin poder evitarlo).

La realidad nos impone un ritmo, pero la sociedad y sus instituciones mantienen ese estado de continua ambivalencia en el que nos pide pero no nos facilita compatibilizar la familia y el trabajo.

En definitiva las madres de hoy, parece que decidan lo que decidan, siempre pierden. Tanto si deciden dedicarse a sus hijos, como si dan importancia a su parcela más social.

Debemos ser nosotras las que nos sentemos un momento a reflexionar, y nos demos tiempo a aprender a compaginar todas las facetas de nuestra vida y nuestras prioridades.

No debemos olvidar que el sentimiento de culpa que verdaderamente se ajusta a la realidad, es positivo, (el que surge cuando hemos infligido algún tipo de daño a otra persona), pues significa que tenemos sensibilidad interpersonal, que nos preocupamos por las consecuencias de nuestras acciones en los demás, que no eludimos la responsabilidad por las mismas.

Sin embargo, cuando la culpa es irracional y desmedida, supone sufrimiento inútil y paralizador. Es negativa y poco funcional. No nos ayuda.

Dedícate un momento y piensa: ¿Qué tipo de culpa es la que tengo en este momento?

El parto, ese momento deseado y… temido

Es muy habitual que el tercer trimestre de embarazo vaya acompañado de fantasías y miedos con respecto al parto.

Y es que, el nombre es muy significativo. ¿Por qué Parto?… porque te parte en dos, y desde ese momento no vuelves a ser una. ¿¿Cómo no va a dar miedo??

Se teme al dolor. Se teme a la muerte. Se teme a las dificultades, a no saber qué está ocurriendo. Se tiene miedo al descontrol…. Pero sobretodo se tiene miedo al “después del parto”.

Todas las fantasías, los deseos y los miedos se desvelan con el parto. El crecimiento es paulatino, pero el parto es brusco (en unos segundos pasas de ser una a ser dos… y eso requiere muchos ratos de elaboración).

Ante esa mezcla de emociones y miedos, las madres pueden creer que se deba a no querer a sus hijos o a no estar preparadas para recibirlos. En realidad, es una fase imprescindible en el embarazo que te prepara, y así debe entenderse. El papel que desempeñan con sus miedos, con su imaginación… es el de enfrentarse poco a poco a ese cambio tan drástico. Es un mecanismo de defensa que su mente utiliza para preparar a su cuerpo y a su psique para la llegada del bebé.

Es necesario tener en cuenta que todas las madres que conoces, las que no conoces y las que conocerás… han sentido miedo al parto en algún momento. Todas han sentido que no van a ser capaces, todas han necesitado que alguien les asegure que va a ser fácil, todas han temido morirse o que el bebé muera, que no salga bien…. Es normal.

La parte fascinante  es que ese miedo ayuda al bebé. Va a tener que parirse, va a tener que trabajar para conocer a toda esa gente que le quiere y le espera. Tiene que estar preparado. La carga de adrenalina de la madre pasa por su torrente sanguíneo y llega al cerebro del bebé, a sus neurotransmisores, a sus emociones… y  a través de esas sensaciones le explican:

“Mi bebé, en algún momento este estado de nervios se multiplicará por mil, debes estar atento, los dos tendremos miedo, los dos estaremos agitados, los dos estaremos perdidos y no sabremos que hacer…. Pero bebé, no te preocupes, estaremos juntos”

Partos múltiples y sus peculiaridades

La felicidad que surge ante la llegada de un bebé se multiplica por 2 o por 3 en el caso de los partos múltiples.

Aprender a disfrutar de ello y ser capaz de encontrar la manera de hacerlo es un reto ante la vorágine del día a día, que nos empuja a la inseguridad constante y al miedo diario.

Se observa un ligero aumento de la probabilidad de sufrir una depresión postparto en estos casos. Esta diferencia, no se debe a que los cambios hormonales sufridos sean distintos a los de una mamá de parto único, sino a que las circunstancias que rodean a los partos múltiples suelen ser difíciles: los bebés nacen con bajo peso, en ocasiones con algún problema de salud, no siempre se puede volver a casa con ambos hijos al mismo tiempo (lo que hace muy difícil la llegada al hogar), las necesidades de los bebés en los primeros días son muchas y muy inmediatas… y, en los casos de ser consecuencia de un proceso de reproducción asistida, las exigencias de las madres y padres son mucho mayores, pues el deseo se construyó desde mucho tiempo atrás.

Como en el caso de partos únicos, la mejor manera para favorecer la reorganización familiar que supone la llegada de los bebés, es tener una buena comunicación en la pareja de todas las inquietudes y sentimientos, además de pedir ayuda, no sólo a familiares y amigos, sino a los profesionales  (pediatras, psicólogos y trabajadores sociales…), en caso de ser necesario.

Con respecto a la educación de los gemelos, mellizos…, lo más destacable es la importancia de percibir a los hijos como individuos separados, para que ellos puedan percibirse a sí mismos como individuos independientes. Debemos diferenciarlos, es decir, promover que cada uno desarrollo su personalidad y sobretodo evitar que se aíslen en un mundo de dos.

En lo cotidiano, esto lo podemos hacer con cosas sencillas como: no vestirles iguales, pasar tiempo por separado con cada uno de ellos, estar atentos a sus diferencias de carácter y de gustos…

Para que podáis tener la visión desde el punto de vista de una mamá con trillizos, Aurora Vela, un pediatra que atiende con frecuencia este tipo de familias, Román Baraibar y el punto de vista de la psicología, con nuestra compañera Patricia De Eusebio, os dejamos el enlace de la tertulia sobre Partos Múltiples en el programa de Para Todos La 2 del miércoles 10 de abril.