Depresión Infantil

Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la depresión no aparecía en la infancia. Actualmente se reconoce su existencia y en líneas generales, los síntomas son similares a los presentados por adultos.

¿Qué llama la atención de estos niños? su tristeza, lloran con facilidad, pierden el interés por sus  juegos preferidos y la escuela , se alejan de sus amigos y de la familia, son poco comunicativos, se aburren y se cansan pronto, tienen menos energía o concentración que antes, están irritables, son muy sensibles al rechazo y el fracaso, muestran deprecio hacia sí mismos, eligen finales tristes para sus cuentos y juegos, se quejan de dolores de cabeza o de estómago, duermen mucho o muy poco, comen demasiado o muy poco, muestran conductas infantiles con respecto a su edad (hablar como un bebé, hacerse pis), hablan de suicidio, deseo de escaparse de casa…

Los síntomas se expresan de distinta manera en función de la edad del niño:

- De 0 a 24 meses: están tristes a pesar de que sus padres o personas conocidas les consuelen, se apegan desesperadamente a quien se ocupa de ellos, no experimentan placer ni curiosidad por las cosas de su entorno, con dificultades en el sueño y la comida y, en ocasiones, con problemas de crecimiento.

- De 2 a 5 años: irritabilidad, llanto frecuente, hiperactividad, pérdida de interés por actividades que antes les gustaba, insomnio y pérdida de apetito.

- De 6 a 8 años: irritabilidad, inseguridad, resistencia a jugar, dificultades en el aprendizaje, timidez, enuresis, encopresis, terrores nocturnos, rabietas, dolores de cabeza…

- De 8 a los 14 años: a partir de estas edades ya pueden describir con cierta precisión su estado interior. Muestran baja autoestima, sentimientos de impotencia e indefensión ante sus problemas y, en algunos casos, desesperanza. Son frecuentes la pérdida de energía y de interés, así como los dolores de cabeza, problemas escolares y las ideas de suicidio.

¿Qué situaciones favorecen la depresión infantil? Padres con depresión, alta exigencia, falta de confianza en sí mismo por fracasos repetidos o críticas negativas constantes, sentirse muy distinto a sus compañeros (obesidad, estatura, etc.), poca relación con los padres, pérdida temprana real o simbólica de algún familiar o amigo, el ambiente escolar negativo (bullying…), pequeños estresores que terminan generando un problema de riesgo (alteraciones del lenguaje, dificultades de  aprendizaje, de coordinación psicomotora…), situación de excusión social…

Como hemos visto los síntomas son similares a los de los adultos, pero también tiene aspectos diferentes y espefíficos de la infancia. Lo importante es entender que los niños no expresan sus emociones exactamente como los adultos. Todavía no tienen la capacidad de distinguir y expresar lo que les pasa. Por este motivo, los adultos debemos estar atentos a sus cambios de comportamiento, sus dibujos y juegos, cómo habla de sí mismo, cómo se relaciona con sus compañeros de clase, si les exigimos más de lo que le corresponde a su edad, si además de sus fallos, hacemos hincapié en sus logros…

¿Cómo despedirnos de un hijo antes de conocerle?

Aproximadamente el 25% de los embarazos se pierden, es decir 1 de cada 4 embarazos no llega a término. Sin embargo, a pesar lo de frecuente, es un tema tabú del que no se habla.

Los hospitales no tienen protocolos adecuados para estas situaciones, y los familiares y amigos no saben cómo actuar ante esa pareja que aunque no vaya a tener un hijo, ya son padres para toda la vida.

El hecho de perder un hijo durante el embarazo, ya sea una pérdida voluntaria o natural y con independencia de las semanas de gestación, requiere un proceso de duelo, pues una parte del hijo que se estaba gestando ya había nacido.

En el embarazo, van creciendo dos hijos de forma paralela:

-  El feto real que crece en el vientre de la madre.

- El hijo ideal que crece en la cabeza de sus padres y familiares.  Éstos van imaginando y fantaseando cómo será ese bebé desde el momento de la concepción.

En el aborto espontáneo, los padres ya han construido unas expectativas de cómo será su hijo. Quizá le han puesto nombre, o quizá le han buscado durante mucho tiempo, o es posible que ese bebé viniese para acompañar a un hermanito…. Es decir, ya hay muchas fantasías que le incluyen.

Cuando es un aborto inducido, los padres igualmente construyen a ese bebé en su cabeza. Para poder tomar la decisión de abortar han tenido que hacerse cargo de su condición de padres y por tanto de la existencia de un hijo.

Ambas circunstancias duelen. Y este dolor no está socialmente acogido.

Los médicos  indican en el mismo momento de la pérdida espontánea que esperes un par de meses para regular tu cuerpo y vuelvas a intentarlo un poco más adelante. Los familiares y amigos insisten en que “ya tendrás otro”.  No tienen en cuenta que se necesita un cuidado emocional y de contención para esos padres que pueden tener otro hijo, pero no ese hijo.

Es habitual pensar que si alguien no puede o no quiere tener un hijo en ese momento, y decide voluntariamente interrumpir el embarazo, no sufre por ello. Aunque estés convencido de que sólo son unas células, el hijo que has creado en tu cabeza, el que te has imaginado, ese es real y el que te duele perder.

Poco a poco se está empezado a dar cabida a este dolor, y en este momento, hay profesionales y grupos de apoyo que ayudan en esta situación tan dura.

Algo que nos puede ayudar es despedirnos de nuestro hijo no nacido. Cada persona tiene que encontrar su manera de hacerlo. Algunos ejemplos de esto son escribirle una carta, hacer una caja especial con los preparativos del embarazo, realizar un vídeo en honor al bebé con la historia y lo que fuimos haciendo para recibirle…. Lo importante es darle el lugar que merece en la familia, agradecerle lo que nos dió y decirle adiós.

Si te encuentras en esta situación date un tiempo y un espacio para reflexionar sobre ti mismo y para cuidarte.

¡¡Mamáááá, no quiero pureeeee!!

El bebé cuando nace, es el mamífero más indefenso de todos. Es dependiente y necesita un adulto que le cuide. No tiene la capacidad de alimentarse, por lo que lo sustituye por la capacidad de “hacerse querer” con el objetivo de que sea otro quien le alimente y así sobrevivir.

Por ese motivo, la alimentación va siempre acompañada de afecto. Deja de ser un acto  puramente nutritivo para ser parte de un vínculo. La alimentación se convierte en una moneda de cambio con un significado mayor: “te quiero y por eso te alimento”.

Esta es la razón por la que las celebraciones se rodean de comida y por lo que nos preocupa tanto la alimentación de nuestros hijos (que coman bien es la manera más evidente de que les queremos y les cuidamos).

La alimentación es uno de los pilares fundamentales de la educación. Los niños aprenderán, a través de nosotros, cómo relacionarse con ese alimento que les proporciona amor.

Algunas recomendaciones para una buena alimentación desde el principio:

-  Es interesante que el niño participe de la mesa de los adultos. Desde que el niño pueda sentarse, es positivo que acomodemos nuestros horarios a los suyos. Como hemos dicho, se trata de un acto social, un lugar de encuentro, un intercambio de diálogo, en el que debemos incluir a nuestros hijos. Observarán como comemos e irán incorporando, aunque sea de forma visual, la gran variedad de comidas.

-  Si come sólo y necesita distracciones para comer, procura que los juguetes que manipule sean artículos de la mesa (platos de plástico, cucharas…). Evita juguetes que no incorporan información alimenticia, así poco a poco iremos regulando sus intereses y será más fácil la integración en la mesa.

-  El permitir que manipule algunos alimentos les ayuda a conocer el contexto. Aunque suponga un desastre en la mesa, les da información y… ¡les encanta!. Al principio es un juego, pero a medida que el niño disfruta de experiencias agradables en los ratos de comida, estará más abierto a probar nuevos sabores y texturas.

-  Ten en cuenta que los niños no comen como los adultos (con horario socialmente determinado y en ocasiones, sin hambre). Ellos comen todavía de forma instintiva, siempre con hambre. Por eso observa a tu hijo, y ofrécele los alimentos nuevos cuando tenga más hambre.

-  Evita la comida rápida. Aunque la comida rápida saca del apuro a los adultos, no suele ser comida adecuada para los niños.

-  Evita distracciones como la televisión o los videojuegos. Es mejor que el niño sepa que está comiendo, qué alimentos come y cuánta cantidad.

-  Según se vayan haciendo mayores, habla con ellos, introduce temas de conversación ajenos a la comida (planes futuros, resumen del día, un acontecimiento extraordinario…).

-  Que colabore en la preparación de los alimentos y de la reunión (poner la mesa, echar la sal… les hace sentir partícipes de eso que van a comer posteriormente).

-  Pon siempre un poco de lo que haya en la mesa para él, es decir, que pruebe todo lo que está preparado. Sin exigencia pero con oportunidad, poco a poco irá introduciendo alimentos nuevos.

-  Acompaña lo que menos le gusta con lo que más le gusta (“después del puré hay albóndigas”).

-  Si no quiere comer algo, no sustituir por un plato que le guste, simplemente invitarle a abandonar la mesa. Si se ha construido un buen ambiente alrededor de la comida, querrá quedarse a compartir con sus padres ese rato.

-  Come sano, si tú comes bien, ellos comen bien.

-  Pero sobre todo, disfruta con la comida y con el momento de compañía que supone. No olvides que se trata de un lugar de encuentro con tu hijo, no una batalla campal cuerpo a cuerpo.

“Estar pequeño” o “Estar mayor”

A ver si podéis resolver este problema:

Si yo tengo 40 años, pero no he tocado el piano nunca y un niño de 12 años sabe tocarlo desde que tiene 5, ¿quién “está mayor” en piano, él o yo?, ¿Quién será el profesor de piano, quién enseñará a quién?.

Blog mayorEvidentemente, hay en ciertas situaciones en las que no se es grande o pequeño, no se es más alto o más bajo… sino que “se está mayor en algo” o “pequeño en algo”.

Esta distinción tiene incluida la posibilidad de consecución. Es decir, si me esfuerzo, puedo conseguirlo.

Uno no “es o no es”, sino que “está o no está”, y por supuesto tiene la posibilidad de ser, ya sea ayudado por el tiempo, por el esfuerzo,  por la voluntad o por el cariño de los que le rodean.

Esto no debemos olvidarlo cuando definimos a nuestros hijos. Debemos saber que son un continuo crecimiento. Hoy, no “están mayores” en autonomía, pero lo estarán; no “están mayores” en atención, pero lo estarán; no están mayores en autocontrol, pero lo estarán…

Nosotros debemos ayudarles en ese camino, haciéndoles saber que se trata de un proceso en el que irán madurando en todos los aspectos que hoy les resultan difíciles.

Puesto que conseguir la madurez necesaria para enfrentarse a todas las exigencias que les pedimos a nuestros hijos a diario es una tarea difícil, os invitamos a utilizar el verbo ESTAR para cambiar totalmente la perspectiva (para nosotros y para nuestros hijos) y así favorecer en su crecimiento. Por ejemplo:

  • Yo te ayudo porque ESTÁS pequeño en vestirte pero pronto estarás mayor.
  • Si te ha pegado es porque ESTARÁ pequeño mientras juega contigo, vamos a enseñarle.
  • Qué caprichoso ESTÁS hoy.

Y si no… pensad: si no decimos que somos “febriles” cuando estamos enfermos, sino que ESTAMOS malos, ¿por qué cuando nos portamos mal… SOMOS malos?

Un azote a tiempo…

Imaginemos: Mientras haces las camas, miras el reloj. Observas que ya llegáis tarde y pides a tu hijo que se vista. Sigue jugando sin escucharte. Tú le dices en voz alta que se vista. Poco a poco tu tono de voz va en aumento, pero él hace caso omiso y sigue jugando sin importarle tu petición. Tú vas enfadándote y pensando que no te obedece, que lo tienes que hacer todo, que os tenéis que ir y él sigue jugando como un niño pequeño. Con el enfado acumulado, te acercas y sin mediar palabra le das un azote fuerte en el culo mientras le dices con voz firme y alta “¡¡¡Que te vistas!!!”

Parece una escena habitual. Pero no por habitual es adecuada.

La agresividad puede ser funcional, LA VIOLENCIA NO LO ES.

La agresividad es una emoción. Supone rabia, brío, diferencia con el otro y deseos de atacar y embestir. Pero sólo deseos, como adultos debemos ser capaces de controlar ese sentimiento.

La violencia proviene del latín (“Vis” – fuerza; “lentia” – continuidad). Es el continuo uso de la fuerza, del poder del más fuerte sobre el más débil.

Cada vez más estudios demuestran los efectos negativos de usar la violencia. Y es que, aunque los azotes sean puntuales y no muy fuertes, la relación de poder e intimidación que se establece con nuestros hijos es constante. Los peques aprenden su papel de “inferior” y se someten de manera continua, sintiendo que el poder y la fuerza están en manos de otro, pudiendo aparecer cuando menos se lo esperen. Los azotes preventivos consiguen, siempre a través del miedo, reducir o disminuir la conducta no deseada. La contrapartida es que el niño interioriza que el amor al otro incluye la violencia al otro en algunas ocasiones.

Los niños con los que se usan los “azotes preventivos” son niños con dificultades en las relaciones sociales, con falta de autoestima, poca empatía, represión de la libertad y creatividad,  y con dificultades de concentración.

Motivos por los que justificamos el castigo físico:

- Sociales: muchos de nosotros hemos sido criados todavía en la idea de que “un azote a tiempo” ahorra futuros problemas. La desinformación de antaño hacía que nuestros abuelos y nuestros educadores, utilizasen esta forma de comunicación con los niños. Pero hoy en día, estamos más formados e informados, somos capaces de evolucionar, hemos cambiado aquello que no nos satisface. Si ya no lavamos a mano, o no utilizamos palomas mensajeras… ¿por qué seguimos manteniendo patrones de violencia antiguos?

- Familiares: si tus padres han utilizado el azote preventivo contigo, supone una deslealtad hacia ellos pensar que no es útil. Pensar que los padres se equivocaron con nosotros mismos supone un crecimiento. Sobre todo si esos azotes llevaban implícito “es por tu bien”, es difícil sentir que no es cierto.

- Individuales: los patrones violentos se gestan en la infancia y quizá haya padres cuya manera de resolver los conflictos siga siendo la que tuvieron en sus primeros años.

Frases cotidianas que excusan “el azote a tiempo”:

  • “A mí me dieron algún que otro azote y no estoy traumatizada, ni me he muerto”: Sólo el mero hecho de justificar la violencia ya es significativo de que ese tipo de relación ha dejado huella.
  • “Una cosa es un azote y otra es el maltrato”: El grado de violencia de un azote es el más bajo, pero es importante señalar que nadie siente que maltrata a su hijo, ni siquiera los verdaderos maltratadores.
  • “Es por su propio bien”: Se entiende que hay un objetivo final positivo para los niños, pero ¿sabemos cuál es?.
  • “Con un niño pequeño no se puede dialogar”: Que los niños no sepan expresarse ni tengan la capacidad de razonar de un adulto, no significa que no sean capaces de entender todo lo que ocurre a su alrededor. El mensaje que le das y comprende es que el que tiene el poder es el que pueden agredir.
  • “A veces, se tuercen y la única salida es el azote”: Es fácil sentirse impotente y frustrado ante un niño que no obedece. Si le pegas en esa situación, le estás enseñando a comportarse así cuando él se sienta impotente y frustrado.
  • “La permisividad y la falta de límites es la verdadera causa de los problemas actuales en la educación”: Se pueden poner límites sin violencia.

Te invitamos a reflexionar sobre este tema. Danos tu opinión.